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Miguel Delibes, un escritor poco académico

KINT News
01/31/2013 5:35 AM

Valladolid, 31 ene (EFE).- Escéptico, reticente, decepcionado incluso pero, por encima de todo, consciente de su escasa influencia en la Academia, Miguel Delibes trató siempre que pudo de enriquecer el español desde su condición de novelista terruñero. Mañana se cumplen cuarenta años de su elección para la “Docta Casa”.

Firmada por Dámaso Alonso y Alonso Zamora Vicente, el 1 de febrero de 1973 supuso toda una convulsión dentro del microcosmos del narrador, hasta el punto de representar “un cambio total en su vida”, según ha explicado hoy a la Agencia Efe su hija Elisa.

“Fue quizá el momento más emocionante de su carrera literaria y como tal lo vivimos”, porque a partir de ese momento se desencadenó una serie de acontecimientos como la enfermedad y fallecimiento en 1974 de su esposa, Ángeles de Castro, y el comienzo de posteriores adaptaciones al cine y teatro de “un montón de obras suyas”.

El escritor “no pudo controlar su vida literaria y familiar como lo había hecho hasta entonces. Todo se desbordó, se multiplicó y se hizo muy famoso”, ha evocado la hija del escritor, profesora de literatura y desde su creación, en 2011, presidenta de la Fundación Miguel Delibes.

Llegó al viejo caserón de la calle Felipe IV con el barro y el polvo de los caminos, maduro, consolidado como narrador y el morral repleto con los principales premios literarios de la época, además de un habla del que se sentía deudo como escritor y depositario de un tesoro en trance de extinción.

“A la Academia no fue mucho, pero tuvo dos momentos que sí asistió con regularidad, uno de ellos entre 1979 y 1980, cuando formó parte de una comisión asesora de la Fundación Juan March, desde donde iba andando a las reuniones académicas de los jueves”, añade Elisa sobre una etapa en la que conoció a Luis Ángel Rojo y amistó con otros miembros de la “Docta” como Emilio Alarcos y Lázaro Carreter.

“Él siempre supo que allí era un elemento decorativo, no era filólogo, y tampoco ‘luchó’, como algunos piensan, para que introdujeran determinados términos en el diccionario. Le daba un poco igual”, aclara Elisa, aunque sí hizo un intento por incluir, sin éxito pleno, el nombre de un grupo de pájaros con el aval científico del Parque de Doñana.

En aquellos años se alojaba en un hotel de Puerta de Hierro y cubría a pie los casi diez kilómetros que le separaban de la Academia, algo menos si recogía en la Fundación Juan March a Luis Ángel Rojo, luego también compañero entre los guardianes del idioma.

Decepcionado un tanto, inmerso en las adaptaciones de sus obras y dedicado a nuevas entregas, Delibes dejó pasar unos años hasta que volvió a frecuentar su sillón “e” entre 1995 y 1996, pero ya acudía y regresaba en una misma tarde, en un taxi que le recogía a las tres y le devolvía a las once, y que pagaba con las dietas que entonces suministraba la Academia a sus miembros.

“Al volver, me contaba cómo se había desarrollado la sesión. Era divertido, sobre todo si había votaciones”, evoca Elisa sobre estos últimos viajes y refiere, entre otras anécdotas, las sorpresas que su padre se llevaba como el día que accedieron a sus respectivos sillones Cebrián y Anson, en 1996.

No salía de su sorpresa, añade, “no por la valía de los candidatos, sino porque tuvieran el mismo número de votos. Él, al vivir en Valladolid, no se enteraba de los tejemanejes”.

Vicente Aleixandre, Julián Marías y Juan Antonio Zunzunegui presentaron su candidatura a finales de 1972: “Como te imaginarás, ando un tanto desconcertado, pues no me veo académico por ningún lado que se mire”, escribió entonces el novelista a su amigo Josep Verges (editor de Destino).

Con el obligado paréntesis de algo más de dos años, por la enfermedad y fallecimiento de su esposa, Dámaso Alonso le colgó la medalla de académico después de la lectura del discurso de ingreso (“El sentido del progreso desde mi obra”), el 25 de mayo de 1975, y de la contestación de Julián Marías.

Las primeras palabras del marinero de segunda que sustituyó en el sillón “e” al almirante Julio Guillén (1897-1972), fueron una clara advertencia: “(…) Dada mi escasa afición a estos atuendos, de este disfraz, yo me considero humana y literariamente muy poco académico, al menos en el sentido tradicional de este término”.

Por Roberto Jiménez