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El Palacio Salvo, emblema de Montevideo, busca recuperar todo su esplendor

KINT News
02/02/2013 3:45 AM

Montevideo, 2 feb (EFE).- Emergiendo entre los tejados del centro de Montevideo se alza el Palacio Salvo, su edificio más emblemático y que, coincidiendo con su 85 aniversario y con la Capitalidad Iberoamericana de la Cultura de Montevideo 2013, está dispuesto a recuperar su pasado esplendoroso.

“El Salvo es un icono de este país, tenemos pendiente una reunión con su gerente a los efectos de estudiar el tema como lugar emblemático”, explicó a Efe Héctor Lescano, presidente de la Comisión de Montevideo Capital Iberoamericana de la Cultura, quien busca “concretar su conservación como verdadero patrimonio”.

Ubicado en la céntrica Plaza Independencia, a metros de la sede del Gobierno, sus altas torres de aspecto gótico y misterioso marcan el paisaje de la ciudad, un aspecto imponente que oculta la decadencia que sufre en su interior tras años de mala gestión.

La torre acumula deudas por impago de contribuciones de 68 millones de pesos (más de 3,5 millones de dólares) y sufre por la falta de tareas de restauración y mantenimiento, una realidad que la comisión administradora del edificio quiere invertir.

De hecho, una de las primeras medidas será negociar la reducción de esa deuda para poder afrontar otros problemas de la construcción.

Así, entre otros proyectos se analiza levantar un mirador en la parte más alta del edificio para que turistas y curiosos, que siempre miran con asombro sus alturas, puedan contemplar la espectacular vista de la ciudad desde su cima.

Detrás de este nuevo hito en la historia del edificio se encuentra Abelardo García Viera, un historiador de 75 años y actual presidente de la comisión administradora del edificio, quien desde niño sintió una fascinación sin igual por el símbolo este símbolo por excelencia de Montevideo.

“Cuando yo era niño- relató a Efe-, un día de invierno salía de un café de Montevideo con mi padre de la mano y, cosa rara, empezó a nevar. Miré hacia arriba y contemplé las torretas del Palacio Salvo, como las de un cuentos de hadas y dije: ahí quiero vivir”.

Y lo consiguió: reside desde hace 45 años en el piso 17 del inmueble, desde donde otea las idas y venidas de los residentes de la urbe.

Con una superficie de más de 20.000 metros cuadrados, 70 metros de altura y una población flotante diaria de unas 2.500 personas, el rascacielos de hormigón fue durante muchos años el edificio más alto de América del Sur.

El solar sobre el que se construyó en 1928, pertenecía al bar La Giralda, donde se estrenó por primera vez el inmortal tango “La Cumparsita”, en 1917.

Cinco años después, los hermanos Salvo, unos genoveses que hicieron una fortuna en el sector textil, decidieron como agradecimiento al éxito que tuvieron sus vidas en Montevideo, levantar un edificio monumental para la ciudad.

Se encargó el proyecto al arquitecto italiano Mario Palanti, quien también construyó un edificio hermano del Salvo en Buenos Aires, el Palacio Barolo, ubicado en la céntrica Avenida de Mayo.

El edificio montevideano presenta un estilo arquitectónico ecléctico, con influencias del neogótico y el neorenacentismo.

Además contiene elementos decorativos con motivos de flora y fauna, aunque quedan pocos de ellos actualmente, por culpa del deterioro de la construcción y de distintos robos que ha padecido en las pasadas décadas.

Testigo privilegiado de la historia de Uruguay, fue construido en una década de bonanza y esplendor del país.

Una periodo que parece haber quedado lejano para el edificio, que en la actualidad “está hecho un desastre” como lamenta el escritor Eduardo Roland, también propietario de un apartamento dentro del Salvo.

Roland cree que esto se debe a que en la ciudad el patrimonio no es valorado, como queda de manifiesto por el constante derribo de casonas antiguas para construir apartamentos.

“Vivimos en una sociedad que tiene poca historia y existe falta de conciencia”, argumentó.

El primer paso para la reconversión del edifico ocurrió el pasado noviembre, cuando se retiró la enorme antena de televisión que dominaba el Palacio.

Esa gigante estructura de hierro, ya inútil, vibraba y generaba grietas en el edificio, provocando goteras y desprendimientos que se añadían al deterioro que ya sufría la torre.

Sin esa carga, la torre comienza a mirar de nuevo sobre el Río de la Plata con renacido orgullo y una mayor esperanza en el futuro.

Francisco Javier Lama.